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    28 de agosto de 2012

    Los barrabravas defenestran el fútbol

    OPINIÓN
    Por Javier Bon


    No son sólo personas que alientan en la tribuna, sino que usan ese apoyo a sus equipos para ganar dinero. Revenden entradas, viajan gratis a partidos, son trapitos en recitales, venden droga, cobran como empleados de municipios sin trabajar. Los barrabravas disfrutan de grandes negocios como premios, ya que mantienen una gran relación con dirigentes de los clubes, policías, funcionarios políticos y líderes sindicales.







    La complicidad con las autoridades de los clubes es muy evidente. El único en Primera División que pide el derecho de admisión para que esta gente no entre al estadio es el presidente de Independiente, Javier Cantero. Los demás, amenazados o no, se lavan las manos, como también lo hacen desde la AFA y desde el gobierno, como si no les interesara este dramático problema.

    Los esfuerzos individuales sirven, pero si no hay una decisión política es imposible sacar a los barrabravas del fútbol. El estado, mediante los organismos de seguridad, debe identificar a los violentos y alejarlos de una vez por todas.

    Aunque los barras le sirven a todos los que hacen política, el costo de heridos y muertos es muy caro. Esas relaciones no pueden seguir manteniéndose.

    Hace pocos días, hinchas violentos de Boca se enfrentaron a los tiros en la autopista Rosario - Santa Fe. Los de Deportivo Merlo, con balas de por medio, provocaron la suspensión del partido frente a Boca Unidos. Lamentablemente, no son hechos aislados. Son recurrentes y nada tienen que ver con el amor por la camiseta.

    Asistir a la cancha es una locura. Los verdaderos hinchas no saben si vuelven sanos, ni siquiera si regresan a sus hogares. Esto no va a cambiar mientras energúmenos como Rafael Di Zeo posean el “teléfono de los que tienen el poder”.

    Con 269 muertos en la historia del fútbol argentino, se disuelven entidades que deberían garantizar protección a los auténticos simpatizantes y se emplean sistemas tecnológicos en la entrada a estadios. Pero si desde el poder no se cortan los contactos con los salvajes encubiertos como aficionados, la cifra seguirá aumentando.

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